El 9 de agosto de 2026, Claudia Sheinbaum decretó en Puebla el Día Nacional de la Reforestación. La meta fue plantar 6.6 millones de árboles y plantas. Pero la pregunta persiste: ¿por qué tantos programas dan resultados tan modestos?
El domingo 9 de agosto de 2026, el Paso de Cortés reunió todos los elementos de una ceremonia de alto perfil: la presidenta al pie de los volcanes, actividades simultáneas en las 32 entidades y la firma del decreto.
La meta oficial era sembrar 6.6 millones de árboles y plantas de 302 especies, además de un millón de semillas, en 32 mil 184 hectáreas.
La imagen tuvo fuerza política. La prueba real vendrá después: saber cuántos ejemplares siguen vivos y qué cambió en el suelo.
Comunidades, brigadistas, autoridades y personas voluntarias participaron simultáneamente en actividades de reforestación en todo el país. La convocatoria comprendió 621 municipios y mil 632 núcleos agrarios / Imagen: Gobierno de México.
Los estudios permiten seguir el problema durante tres décadas. En 1996, Virginia Cervantes, Vicente Arriaga y Julia Carabias describieron en La Montaña, Guerrero, objetivos confusos, pocas especies, fallas técnicas, recursos intermitentes, escasa capacitación y poco respaldo local.
En 2017, Ventura-Ríos y sus colegas evaluaron si una plantación de Pinus greggii podía recuperar rasgos de los bosques de pino del centro del país.
Más tarde, los equipos de Mata-Balderas mostraron que la supervivencia cambia con la especie, el clima, los cuidados y los años transcurridos: monitoreo de 2022, evaluación de 2023 y ensayo de 2024.
La lección es sencilla: poner una planta en la tierra no equivale a recuperar un bosque.
El dato persistente: se pierde más de lo que se restaura
Entre 2001 y 2024, México perdió cerca de 4.89 millones de hectáreas por deforestación, según cifras del Sistema Nacional de Monitoreo Forestal citadas en 2026. El promedio ronda las 203 mil 551 hectáreas al año, un ritmo cercano al que reportó el Sistema Nacional de Información Forestal para 2019-2023: 191 mil 806 hectáreas por año.
La Conafor reportó una reducción de 26 % en la tasa anual frente a periodos anteriores. El avance importa, pero la pérdida continúa.
Global Forest Watch, con otra metodología, registró unas 220 mil hectáreas de bosque natural perdidas en 2025. “Deforestación” y “pérdida de cobertura arbórea” no significan lo mismo; comparar ambas cifras exige cautela.
La suerte de lo plantado depende del lugar, la especie y los cuidados.

Una reforestación masiva en el altiplano mexicano: idealización conceptual / Imagen: Microsoft Copilot
En 144 plantaciones del Nevado de Toluca, establecidas entre 2011 y 2015, la supervivencia osciló entre 36 % y 82 %. Pinus montezumae llegó a 73 %.
En Los Ramones, Nuevo León, una plantación de 15 especies nativas alcanzó 80.67 % de supervivencia en 2019, subió a 95.34 % en 2020 y se desplomó a 28.7 % en 2021, pese a haber recibido protección y mantenimiento durante sus dos primeros años.
Otro ensayo, publicado en 2024, superó 93 % al cierre del primer año. Ningún caso basta para fijar una tasa nacional. Juntos muestran algo más útil: los buenos números iniciales pueden desvanecerse.
La rendición de cuentas se debilita cuando los informes celebran árboles entregados o sembrados, pero no dicen cuántos sobreviven años después.
También hay que atacar las causas de la pérdida: cambio de uso del suelo, expansión agropecuaria y tala ilegal. De lo contrario, la presión puede mudarse a otra zona.
Ese desplazamiento se ha documentado, por ejemplo, en la Amazonia brasileña. En México debe vigilarse como un riesgo, no darse por probado en todo el país.
Por qué falla casi siempre la rerforestación
Los tropiezos aparecen en tres frentes.
El primero es institucional: metas ligadas a la superficie intervenida, fondos discontinuos, coordinación precaria y poco seguimiento.
El estudio de La Montaña ya registraba varios de estos obstáculos en 1996. No están presentes en todas las dependencias ni en todos los proyectos, pero reaparecen con demasiada frecuencia.
El segundo frente es técnico. Elegir mal la especie o el terreno, plantar fuera de temporada y abandonar el mantenimiento reduce las posibilidades de supervivencia.
Tampoco es serio decir que todo eucalipto “seca el agua”. Su efecto depende de la especie, la densidad, el clima, el suelo y el manejo. Cada proyecto debe elegir plantas compatibles con el entorno y revisar su demanda hídrica.
El tercer frente es social. Ejidos y comunidades gestionan buena parte de los bosques y selvas del país. Tratarlos como dueños y responsables del territorio —no solo como jornaleros temporales— puede sostener el trabajo cuando termina la campaña. Una experiencia cercana aparece en la defensa del suelo de conservación de la Ciudad de México.
Sembrando Vida refleja esa tensión. En 2021, WRI México informó que el programa atendía a más de 400 mil campesinos en 20 estados.
Su análisis preliminar detectó 72 mil 830 hectáreas de pérdida de cobertura forestal durante 2019 —de un total de 79 mil 61 hectáreas perdidas ese año en esos municipios— en las zonas donde operaba el programa. Sin la ubicación exacta de las parcelas, la revisión no podía establecer una relación causal.
La cifra, por sí sola, no prueba que el programa provocara toda esa pérdida.
Sí refuerza tres exigencias: datos abiertos, reglas contra el desmonte y evaluación independiente.
Lo que el mundo ha aprendido: Níger y China
En Níger, muchos agricultores dejaron de depender solo de los viveros. Protegieron y podaron los rebrotes que nacían de raíces y tocones vivos.
Las revisiones disponibles calculan que esta práctica recuperó unos 200 millones de árboles en más de 5 millones de hectáreas. La seguridad sobre el derecho a usar esos árboles ayudó a que los productores la adoptaran.

Construcción de murallas verdes en China / Imagen: cortesía de CGTN
Otras cifras sobre ritmos anuales o aumentos de cosecha cambian según el periodo y el estudio. Por eso no conviene tratarlas como resultados generales.
China inició en 1999 el programa “Grano por Verde”. El Banco Mundial estimó en 2026 que, para 2020, se habían convertido unos 14 millones de hectáreas de cultivos en ladera a bosque o pastizal.
El programa compensó a 41 millones de hogares rurales y recibió más de 77.62 mil millones de dólares del gobierno central. Al sumar terrenos no agrícolas restaurados, la superficie llegó a unos 34.33 millones de hectáreas.
La escala y la continuidad son indudables. También hubo monocultivos, beneficios desiguales para la biodiversidad y reconversión posterior de parte de la superficie. La experiencia sirve, pero no es una receta impecable.
Una ruta posible para mejorar la reforestación en México

Estas experiencias dejan seis tareas concretas:
- Contar árboles vivos, no plantados; publicar la supervivencia de cada proyecto al año, a los tres y a los cinco años en una plataforma abierta.
- Primero regeneración natural asistida, que es más barata y eficaz; plantar solo donde la naturaleza no puede sola.
- Apoyos con reglas y verificación satelital, para que ningún incentivo premie la tumba.
- Reconocer el derecho de comunidades y campesinos sobre los árboles que cuidan, como hizo Níger.
- Un fondo y una política de Estado a 20 años, no a seis, con monitoreo satelital permanente, como en China.
- La especie correcta en el lugar correcto, con viveros locales y mantenimiento técnico garantizado.
El decreto del 9 de agosto puede quedarse en otra foto recurrente de cada sexenio o abrir una etapa distinta.
El suelo, los datos y las comunidades ya señalaron la ruta. México no necesita más ceremonias de plantación: necesita árboles vivos.
Referencias
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