El colapso demográfico en México ya no es una hipótesis: el INEGI confirma que la fecundidad cayó de 1.9 a 1.2 hijos por mujer en cinco años. Entre hipótesis contrapuestas, nos aventamos un análisis de lo que hay y de lo que viene.
El país que en 1970 tenía 6.8 hijos por mujer hoy no llega ni a la cuarta parte de esa cifra. El Inegi presentó el 22 de septiembre el Comunicado de Prensa 54/26 con los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, levantada entre octubre y noviembre de 2025 entre 130.9 millones de habitantes.

Encuesta Intercensal 2025 del Inegi: menos nacimientos, más población de edad avanzada en México / Dar clic en la imagen para ver los resultados
El diagnóstico oficial: dos indicadores, una misma caída
El instituto reportó dos mediciones que conviene no confundir. La primera es el promedio de hijas e hijos nacidos vivos entre mujeres de 12 años y más —una fotografía acumulada de toda una vida reproductiva—, que bajó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025.

Parábolas del declive demográfico en México y en el mundo (1) / Imagen: Grok
La segunda es la Tasa Global de Fecundidad (TGF), que mide cuántos hijos tendría hoy una mujer si mantuviera las tasas de natalidad actuales durante toda su vida fértil. Esa es la que se desplomó: de 1.9 hijos por mujer en 2019 a apenas 1.2 en 2024, muy por debajo de los 2.1 necesarios para que una generación reemplace a la anterior.
La diferencia importa porque explica por qué la crisis se sintió de golpe. El promedio histórico se mueve despacio porque arrastra generaciones pasadas; la tasa de periodo, en cambio, capta lo que ocurre ahora mismo y es la que mejor retrata el colapso demográfico en México en tiempo real.
El Universal detalló que la caída de la TGF es también un fenómeno de clase: entre mujeres sin escolaridad el promedio de hijos es de 4.9, frente a 1.2 entre quienes tienen educación media superior o superior. Esa brecha de casi cuatro hijos por nivel educativo desmiente cualquier lectura uniforme del fenómeno.
Los nacimientos registrados cayeron en términos absolutos: de 2 millones 353 mil 596 en 2015 a 1 millón 672 mil 227 en 2024, según recogió Infobae de la misma encuesta. La tasa de natalidad, de 47.7 nacimientos por cada mil mujeres de 15 a 49 años, retrocedió 4.5 puntos respecto a 2023.LA JORND
La población total, de 130.9 millones, creció apenas 0.7% anual entre 2020 y 2025, frente al 1% del quinquenio anterior —2.5 millones menos de lo que proyectaba el propio Conapo—. La composición por sexo también se movió: 51.9% de la población es mujer y 48.1% hombre, una brecha que se amplía con la edad porque las mujeres viven más años.
La edad mediana nacional subió de 29 a 32 años en solo un lustro, con Chiapas como la entidad más joven (26 años) y la Ciudad de México como la más envejecida (37 años). A los países que fundaron sus sistemas de pensiones bajo la premisa del crecimiento perpetuo, como Francia o el Reino Unido, esa misma caída de la fecundidad les tomó más de un siglo.
A México le tomó poco más de cincuenta años, y esa velocidad es, en sí misma, el problema. Un cambio gradual permite ajustar pensiones, salud y mercado laboral por etapas; uno comprimido en dos generaciones obliga a resolver de golpe lo que otras sociedades fueron acomodando con tiempo de sobra.
La propia presidenta del Inegi, Graciela Márquez Colín, reconoció el 24 de septiembre que la velocidad del cambio tomó por sorpresa a la propia institución. “Lo que no se esperaba era la velocidad”, declaró a La Jornada, y explicó que la pandemia aceleró el acceso a internet y telefonía móvil en todos los niveles de ingreso.
La investigadora Isalia Nava Bolaños, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, resumió la urgencia de ese desfase.
“Ahora tenemos un país con una mayor población en edad avanzada, lo que representa un reto porque tenemos menos tiempo para lograr el desarrollo social y económico para atenderlos.”
Isalia Nava Bolaños, investigadora del IIEc-UNAM, citada en La Razón
Ciudad de México, el epicentro del colapso demográfico en México
Ningún territorio ilustra mejor la velocidad del cambio que la capital del país. Con 0.8 hijos por mujer, la Ciudad de México registra la tasa más baja de las 32 entidades, comparable a las fecundidades ultra-bajas de Corea del Sur, el país con la natalidad más baja del mundo.
El mapa que dibuja el Inegi tiene una geografía clara: Chiapas encabeza la fecundidad con 1.8 hijos por mujer, seguido de Guerrero (1.6) y Durango y Zacatecas (1.5 cada una). En el extremo opuesto, además de la capital, están Baja California (1.0) y el bloque de Querétaro, Estado de México, Yucatán, Quintana Roo, Hidalgo y Morelos (1.1 cada uno).

Parábolas del declive demográfico en México y en el mundo (2) / Imagen: Grok
Ese patrón geográfico no es casual ni puramente cultural: es la huella de la vivienda cara, el empleo precarizado y los trayectos que devoran el tiempo disponible para criar. En las zonas metropolitanas donde el costo de un departamento y la duración del traslado laboral son mayores, la decisión de tener un tercer hijo —o un primero— se vuelve, literalmente, inasequible.
El propio Inegi documentó que el país tiene ahora 39.7 millones de viviendas, frente a 35.2 millones en 2020, mientras que el promedio de habitantes por vivienda bajó de 3.6 a 3.3. Los hogares se multiplican, pero cada uno alberga a menos personas.
La estructura de esos hogares también cambió: la mitad ya recibe ingresos monetarios de fuentes distintas al trabajo —remesas, rentas, programas sociales—, frente a 38.5% en 2020. El 41.4% de los hogares mexicanos recibe hoy algún programa social, casi el doble que el 25% de hace un lustro, según El País (2026).
A la par, el mismo levantamiento registró mejoras materiales que conviven con la caída de la natalidad, sin explicarla por sí solas: el analfabetismo bajó de 4.8% a 3.7% y la escolaridad promedio subió de 9.7 a 10.3 años. El acceso a internet, mientras tanto, pasó de 53.9% a 75.7% de la población.
Es la fotografía de una sociedad que se moderniza al mismo tiempo que se encoge, no de una sociedad que se empobrece. Que Chiapas conserve la fecundidad más alta del país no debe leerse como una virtud a rescatar ni como atraso a corregir.
Es, sobre todo, el reflejo de menor acceso a educación media superior, empleo formal urbano y servicios de salud reproductiva. Leer ese dato en clave moralizante —para idealizar la natalidad rural o para exigirle “modernizarse”— oculta la desigualdad estructural que en realidad lo explica.
Por qué cae la natalidad: el precio de la vivienda y el trabajo que no cuida
Matria ha documentado en Puebla cómo el despojo territorial y la especulación inmobiliaria encarecen el suelo urbano y expulsan a las familias trabajadoras de los centros de las ciudades. El colapso demográfico en México es, en buena medida, la misma lógica extendida al terreno reproductivo.

Parábolas del declive demográfico en México y en el mundo (3) / Imagen: Gemini AI
No se trata de que las mujeres mexicanas hayan dejado de querer tener hijos. Se trata de que la estructura económica volvió estructuralmente caro tenerlos.
La incorporación de las mujeres al mercado laboral avanzó apenas 2.2 puntos en cinco años —de 38.8% a 41% de participación—, según el análisis de Enrique Quintana en El Financiero. Ese avance no vino acompañado de una red pública de cuidados comparable: guarderías suficientes, licencias parentales amplias y horarios laborales siguen diseñados para una fuerza de trabajo sin responsabilidades de crianza.
La Encuesta Intercensal 2025 lo confirma entre personas de 30 a 59 años: 55.9% de las mujeres realiza alguna actividad económica, frente al 93% de los hombres, una diferencia de 37 puntos (El País, 2026). Es la distancia que la incorporación laboral femenina todavía tiene que recorrer.
El resultado es una sociedad donde combinar empleo formal, vivienda digna y crianza se volvió un privilegio, no una expectativa razonable. La capital, con los alquileres más altos del país y jornadas alargadas por el transporte, funciona como laboratorio de ese mecanismo.
No es una anomalía mexicana ni un fenómeno atribuible al azar cultural. La caída sostenida de la fecundidad ocurre en economías con regímenes políticos y niveles de desarrollo muy distintos —de Corea del Sur a Colombia, de Italia a Irán—. Grillas aparte, no hay país en el mundo, fuera del África Subsahariana, que quede al margen de esta tendencia poblacional decreciente.
Eso apunta a una causa estructural común: ciudades y mercados laborales diseñados para maximizar la productividad individual, no para sostener la reproducción social. Entender el colapso demográfico en México exige mirar menos al calendario biológico y más al calendario laboral e inmobiliario.
El bono que se va: migración, pensiones y la soberanía del porvenir
México construyó buena parte de su optimismo económico reciente sobre el llamado bono demográfico: la ventana histórica en que la población en edad de trabajar supera, en proporción, a niños y adultos mayores. Esa ventana se está cerrando antes de lo previsto.
Entre 2020 y 2025 emigraron 1.26 millones de personas, el 71% de ellas entre 15 y 34 años: exactamente el segmento que sostiene el bono demográfico. Quintana lo planteó sin rodeos: la emigración “extrae” justamente “el grupo que constituye el bono” —casi 900 mil trabajadores potenciales perdidos en el periodo.
Adentro, la proporción de pensionados sobre la población no económicamente activa subió de 8.2% a 10.9% en el mismo lapso. La Secretaría de Hacienda advirtió en sus Criterios de Política Económica 2026 que la transición demográfica reducirá la base de contribuyentes activos justo cuando crece la población que requiere pensión o asistencia pública, según reseñó Al Contacto.
Conapo proyecta que para 2050 el 24.1% de la población mexicana tendrá 60 años o más. La esperanza de vida, además, llegará en 2070 a 86.4 años para las mujeres y 79.9 para los hombres.
Sostener ese envejecimiento con un sistema de pensiones que ya no puede apoyarse en el crecimiento demográfico exige decisiones que México, a diferencia de Japón o Italia, todavía no ha tenido que tomar a esa escala. Ahí se juega también la soberanía productiva del país.
El auge del nearshoring y la relocalización industrial descansa en el supuesto de una oferta laboral joven y abundante; si esa base se encoge, la disyuntiva vuelve a ser la de siempre. Ya ocurrió con las reservas minerales estratégicas o la dependencia energética frente al T-MEC: construir capacidad propia —productividad, formación técnica, cuidados garantizados— o profundizar la dependencia de mano de obra y capital externos.
El otro mecanismo disponible es la migración de entrada. El artículo 30 constitucional otorga la nacionalidad mexicana por nacimiento en territorio nacional (jus soli) a cualquier persona, sin importar el estatus migratorio de sus padres.
Ese mecanismo, en principio, permitiría repoblar la base de la pirámide con hijas e hijos de comunidades migrantes ya asentadas en el país. Pero no sustituye una política de cuidados ni de vivienda: es, en el mejor de los casos, un parche demográfico, no una solución estructural.
Del mito de la bomba poblacional al pico poblacional del mundo
El giro mexicano no ocurre en el vacío: es la versión acelerada de una transición que atraviesa al planeta entero. Durante la segunda mitad del siglo XX, el paradigma dominante —de Malthus a Paul Ehrlich— advertía sobre una “bomba poblacional” que desbordaría la capacidad del planeta; en 1968, el crecimiento demográfico mundial tocó su techo histórico de 2.1% anual.
Ese motor se apagó. La Revisión 2024 de las Perspectivas de Población Mundial de la ONU sitúa la fecundidad global actual en 2.3 hijos por mujer, frente a más de cinco en los años sesenta.
El organismo proyecta que la población mundial alcanzará su pico poblacional alrededor de 2084, con casi 10,300 millones de personas, antes de comenzar a contraerse. La ONU ya reconoce que China, la nación más poblada durante décadas, “ha alcanzado su máximo y está en declive”.
No todos los demógrafos comparten ese calendario. El economista Jesús Fernández-Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, ha cuestionado el supuesto de que países con fecundidad ultra-baja —Colombia (1.06), Irán (1.44), Turquía (1.48)— recuperarán de forma casi automática tasas cercanas al reemplazo.

El libro fue todo un boom, pero la bomba poblacional no estalló
Bajo un escenario más conservador, su estimación adelanta el pico mundial a alrededor de 2055. Un estudio anterior del Institute for Health Metrics and Evaluation, publicado en The Lancet en 2020, había situado ese pico todavía antes, en 2064, con un máximo cercano a 9,700 millones de habitantes.
Ese mismo estudio proyectó, país por país, la magnitud del vaciamiento hacia 2100: Japón pasaría de 128 a 60 millones de habitantes; España, de 46 a 23 millones; Italia, de 61 a 31 millones; Corea del Sur, de 53 a 27 millones; China, de 1,400 a 732 millones.
El único bloque regional que seguiría creciendo con fuerza es África subsahariana, de poco más de mil millones a más de tres mil millones de personas. Es el último motor demográfico del planeta, y también el que concentrará buena parte de la fuerza laboral joven que las economías envejecidas del norte global dirán necesitar.

Sea cual sea la fecha exacta, la dirección es la misma en los tres modelos. El crecimiento perpetuo que sostuvo dos siglos de instituciones —pensiones, salud, mercados financieros— dejó de ser la premisa segura sobre la que construir política pública.
El trabajo académico de Fernández-Villaverde y Gustavo Ventura sobre “la riqueza de las naciones trabajadoras” ofrece un matiz importante. Japón, el caso más citado de estancamiento, creció 1.39% anual en PIB por adulto en edad de trabajar entre 1991 y 2019, apenas 0.26 puntos por debajo de Estados Unidos.
Esa cifra contrasta con su magro 0.83% de crecimiento del PIB total en el mismo periodo.
El matiz desmonta el catastrofismo automático: una economía puede envejecer sin empobrecerse, si logra sostener la productividad por trabajador.
Pero también exige honestidad sobre lo que sí se pierde. El economista Charles Jones, de Stanford, ha planteado que menos población tiende a significar menos personas generando ideas e innovación —un insumo que el capital, por sí solo, no sustituye con facilidad.

Parábolas del declive demográfico en México y en el mundo (4) / Imagen: Copilot 365
El tránsito no es solo económico: es también un cambio en la textura cotidiana de la vida colectiva. Un mundo de niños —con escuelas llenas, patios ruidosos y una infancia como referencia cultural dominante— cede el paso a un mundo organizado alrededor de sus mayores: geriátricos en vez de guarderías, jubilaciones en vez de inscripciones escolares.
Ese giro obliga a repensar desde el diseño de las ciudades hasta el lenguaje con el que hablamos del futuro. Durante generaciones, “progreso” significó más gente, más consumo y más expansión; en el mundo que se contrae, progreso tendrá que significar otra cosa —quizás distribuir mejor lo que ya existe, entre menos manos y más años de vida por sostener.
América Latina en el espejo mexicano: de Argentina a Colombia
El caso mexicano no es un fenómeno aislado en la región. Según el Observatorio Demográfico 2025 de la Cepal, citado por Rio Times, el 76% de los países latinoamericanos ya tiene una fecundidad por debajo del nivel de reemplazo.
La región concentra apenas el 7% de los nacimientos globales de 2026 —9.3 millones de un total mundial cercano a 132 millones—, frente al 49% de Asia. Chile, Uruguay, Costa Rica, Cuba y Jamaica ya registran fecundidad ultra-baja, por debajo de 1.3 hijos por mujer.
El economista Jesús Fernández-Villaverde difundió en X, el mismo mes en que el Inegi confirmó la caída mexicana, un dato paralelo sobre Argentina. Su tasa global de fecundidad se ubica hoy en 1.05 hijos por mujer, según cifras del organismo estadístico argentino que el propio economista reprodujo.

Esa cifra representa una caída de más de 50% frente a los 2.3 hijos por mujer que Argentina registraba en 2014, un desplome comprimido en poco más de una década. Es, en proporción, un ritmo todavía más abrupto que el mexicano.
Colombia refuerza el patrón regional: sus nacimientos cayeron 32.7% entre 2015 y 2024, hasta los 445 mil del último año registrado, el nivel más bajo en 25 años. Una encuesta del UNFPA en 14 países encontró que una de cada cinco personas no tendrá los hijos que desearía, por la inseguridad económica y el costo de la vivienda.
El analista colombiano Mauricio Vargas, citado por El Tiempo, resume el reacomodo regional con cifras de 2026: Corea del Sur (0.76), China (1.03) y Ucrania (1.0) ocupan el fondo de la tabla mundial, mientras Chile (1.12) y Brasil (1.59) se ubican, como México, muy por debajo del reemplazo. De los 198 territorios reconocidos por la ONU, 106 ya están bajo esa línea, frente a menos de 70 hace apenas una década.
¿Colapso o ajuste? El debate detrás del pánico natalista
La velocidad de estos datos alimentó, sobre todo en redes sociales, una narrativa de “colapso civilizatorio” que empresarios como Elon Musk han amplificado, presentando la caída de la natalidad como una emergencia existencial casi universal.
Una comprobación de Verificado.mx contradice esa lectura: según datos del Banco Mundial, la fecundidad global promedio sigue en 2.3 hijos por mujer, por encima del nivel de reemplazo.
La visión optimista del declive poblacional
De hecho, 98 de los 208 países del planeta —casi la mitad— todavía tienen una tendencia poblacional por arriba de esa línea, según la misma verificación. El panorama es, entonces, de transición desigual, no de extinción uniforme.
Esa misma nota identifica las causas reales detrás de la caída donde sí ocurre, y coincide con el diagnóstico que esta investigación sostiene para México. Investigación del Colegio de México vincula la mayor escolaridad femenina con la postergación de la maternidad, mientras otros estudios apuntan a la vivienda inaccesible y el cuidado infantil costoso.
No todas las lecturas del fenómeno comparten ese enfoque estructural. El economista José Roberto Balmori, de la Universidad Anáhuac México, atribuyó en Forbes México la caída regional al declive del matrimonio y al consumo de redes entre jóvenes, y propuso incentivarlo con política pública.
Esa lectura choca con la evidencia recopilada en esta misma nota: los bonos natalistas que Sheinbaum descartó ya fracasaron en Europa del Este y Asia Oriental. Ni el estado civil ni los hábitos digitales explican por qué la fecundidad cae por igual en sociedades con regímenes, religiones y niveles de conectividad muy distintos.
El colapso demográfico en México, como el de Argentina o Colombia, se explica mejor por la ecuación que ya describió esta investigación: vivienda cara, empleo precarizado y ausencia de una red pública de cuidados. No por el estado civil o los hábitos digitales de una generación.
¿Envejecer es progresar? La corriente que ve oportunidad en el declive
No todo el debate académico coincide en el diagnóstico de crisis. Un estudio reciente de Daron Acemoglu —premio Nobel de Economía 2024— junto con David Autor y dos coautores más sostiene que la caída de la natalidad se asocia con mayor crecimiento del PIB por habitante.
La visión pesimista (y liberal) del declive demográfico
Su mecanismo central es la innovación que ahorra trabajo: la escasez de mano de obra joven presiona a las economías a automatizar y adoptar tecnología, lo que eleva la productividad total de los factores. Según los autores, cada punto porcentual de caída en la natalidad se asocia con un crecimiento de la productividad 15 puntos logarítmicos mayor en 30 años.
El estudio usa las bajas de la Segunda Guerra Mundial para aislar el efecto de la escasez de trabajadores jóvenes. Encuentra que el PIB agregado no se resiente pese al envejecimiento, mientras el PIB por adulto en edad de trabajar crece 26.8% más por cada punto de caída en la natalidad.
Los propios autores matizan el hallazgo: el efecto es más débil dentro de Estados Unidos que entre países, y depende de que la respuesta tecnológica sea “suficientemente potente” —algo que reconocen como incierto.
No todos los economistas comparten el optimismo de Acemoglu. El analista James Pethokoukis, del American Enterprise Institute, recuerda que la mayoría de las empresas nuevas las crean personas en sus veinte años: una cohorte más chica produce, mecánicamente, menos negocios nuevos.
Es la misma lógica que documentó Charles Jones para la innovación, aplicada ahora a la creación de empresas: menos jóvenes significa menos intentos, no necesariamente menos talento. Pethokoukis concluye, a diferencia de Acemoglu, que las desventajas de una contracción poblacional rápida pesan más que sus eventuales beneficios.
En Argentina, el demógrafo Rafael Rofman llega a una conclusión emparentada, aunque por otra vía. Junto con la economista Carola della Paolera, sostiene que el envejecimiento refleja progreso —mayor igualdad, más mujeres en el mercado laboral, educación universal— y no debe revertirse con políticas natalistas costosas.
En una entrevista reciente, Rofman lo resumió así: “vamos a pasar de una sociedad de nietos a una sociedad de abuelos“. Es, dijo, un proceso gradual y no un cambio abrupto.
Rofman y della Paolera calcularon que los bonos natalistas ensayados en otros países apenas elevan la fecundidad entre 0.1 y 0.2 hijos por mujer. El costo fiscal de esas políticas, advirtieron, ronda el 1% del PIB.
Su receta apunta, en cambio, al bono demográfico: aprovechar la ventana en que la población en edad de trabajar todavía supera a la dependiente para invertir en educación, infraestructura y apertura tecnológica.
Esta lectura no es incompatible con el diagnóstico de cuidados y vivienda que sostiene esta investigación, pero sí desplaza el centro de gravedad. Donde ese enfoque pregunta quién sostiene a una población que envejece, la corriente de la productividad pregunta cómo financiarlo sin más nacimientos.
La productividad que promete la automatización no se redistribuye sola. Sin cuidados y pensiones que la acompañen, esa ganancia puede convivir con la misma sobrecarga de cuidado no remunerado que el colapso demográfico en México ya dejó al descubierto.
El colapso demográfico en México ya llegó: ¿está el país preparado para envejecer?
El caso mexicano condensa, en poco más de medio siglo, el ciclo completo que a Europa le tomó dos o tres generaciones. El “milagro mexicano” de 1940 a 1970 llevó a la población de 20 a 50 millones de habitantes bajo el dogma de que “gobernar es poblar”.
En 1973 el Estado giró en sentido contrario, con la creación del Conapo y campañas como “la familia pequeña vive mejor”. Cinco décadas después, esa inercia —sumada a las presiones económicas recientes— empujó la fecundidad muy por debajo de la meta original de 2.1 hijos.
El propio gobierno reaccionó el mismo día en que se conocieron los datos. En su conferencia matutina del 23 de septiembre, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió al Inegi y a la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones un estudio con datos desagregados sobre la baja natalidad.
El objetivo, dijo, es “entender exactamente qué está pasando en los jóvenes que hoy deciden no tener hijos o solo tener un hijo”, según La Jornada. La mandataria fue explícita en descartar la salida más simple.
“Hay gobiernos, por ejemplo, que dan recursos por tener hijos y no necesariamente han tenido resultados”, advirtió. En cambio, apuntó a la misma raíz material que documenta esta investigación: “las mujeres trabajamos ahora más”, dijo, lo que desplaza la decisión de tener hijos hacia edades más avanzadas.
Pedir evidencia desagregada antes de legislar, y descartar de entrada el atajo de los bonos natalistas que ya fracasaron en Europa del Este y Asia Oriental, es justo lo que exige un fenómeno que no se resuelve con eslóganes. Esta redacción evita dos tentaciones igual de simplistas frente al colapso demográfico en México: culpar a las mujeres por tener menos hijos, o exigir un regreso nostálgico al viejo Estado natalista.
Detrás de cada cifra de esta encuesta hay, además, una pregunta que rara vez se hace en público: quién va a cuidar a una población que envejece más rápido que su capacidad institucional para sostenerla. Ese trabajo de cuidado —hoy sostenido de forma desproporcionada por mujeres, dentro de las familias y sin remuneración— hace posible, en silencio, cualquier proyección optimista sobre pensiones o esperanza de vida.

Parábolas del declive demográfico en México y en el mundo (6) / Imagen: Gemini AI
Reconocerlo como trabajo, y no como generosidad natural femenina, es también una forma de justicia social frente al colapso demográfico en México. La generación que hoy tiene menos hijos es, en muchos casos, la misma que ya cuida a sus padres sin licencias, sin salario ni relevo institucional.
La cobertura de educación preescolar —la infraestructura de cuidados más cercana al Estado— avanzó de 61.9% a 70.4% entre 2020 y 2025 para niñas y niños de 3 a 5 años (El País, 2026). Sigue sin ser universal, y es apenas una fracción de lo que exigiría sostener también a la población que envejece.
Cualquier política que no empiece por ahí —redistribuir el cuidado entre mercado, familia y Estado— llegará tarde al problema que el Inegi apenas terminó de medir. Lo que sí exige el momento es una respuesta de Estado: un sistema nacional de cuidados y una reforma de pensiones que resista la caída de cotizantes.
A eso se suma una política de vivienda que abarate —no encarezca— la posibilidad de formar una familia en las ciudades.
El estudio que la propia presidenta encargó esta semana es, en ese sentido, el primer paso institucional para pasar del diagnóstico a la política pública. El colapso demográfico en México no es una tragedia que deba lamentarse en abstracto, ni un motivo para el pánico natalista.
Es un cambio estructural que reordena qué significa desarrollo, soberanía y bienestar en un país que dejó de crecer como esperaba crecer. La pregunta que deja la Encuesta Intercensal 2025 no es si México va a envejecer —eso ya está ocurriendo—, sino si sus instituciones estarán listas para sostener, con dignidad, a la generación que hizo posible el país que hoy se contrae.
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