Para el editorial del suplemento 225 de La Jornada del Campo número 225, dedicado al desafío energético del fracking, Armando Bartra eligió el singular título de “El elefante”.
La referencia es un viejo chiste de Pepito: el niño que, por haber estudiado únicamente la lombriz para el examen de zoología, cuando la maestra le pregunta por el elefante responde que es “un animal grande y gris cuya cola semeja una lombriz”.
El título funciona como advertencia: cuando alguien lleva décadas conociendo una sola respuesta, el riesgo es que reformule todas las preguntas para que encajen en esa respuesta. Y eso, exactamente eso, es lo que ha sucedido con el debate sobre el fracking en México.
El 78 por ciento del gas natural que México consume llega de Estados Unidos. Casi todo, de Texas. Ese gas se extrae mediante fractura hidráulica. México tiene legalmente prohibida la práctica dentro de sus fronteras. La paradoja es tan clara que, cuando se la enuncia con calma, cuesta creer que se sostenga: el país que prohíbe el fracking financia el fracking del vecino.
Entre 2000 y 2024 lo financió con noventa mil millones de dólares. Hoy, ese combustible genera el 67 por ciento de la electricidad nacional —según el Centro Nacional de Control de Energía, para abril de 2026— y sostiene los fertilizantes nitrogenados que usa el 80 por ciento de los productores agrícolas del país.
Bartra lo resume con economía de palabras: esa dependencia
“no nos libra de responsabilidades socioambientales, pero nos hace energéticamente dependientes”.
Su posición es más exigente que la de muchos de sus comentadores: no dice “fracking sí”. Dice que
“la pregunta me parece mal planteada”.
La cuestión, precisa,

Editorial de Armando Bartra para La Jornada del Campo
“no es fracking sí o fracking no, sino cómo enfrentar con soberanía el cada vez más desafiante escenario energético“.
Y termina con una máxima que debería estar sobre la mesa de toda discusión pública seria:
“Lo que no se vale es cambiar la pregunta porque ya se teníamos una respuesta. Lo que no se vale es que ante el complejo desafío energético digamos ‘fracking no’ y nos vayamos a casa tan tranquilos.”
La herencia geológica como palanca de soberanía energética
Bajo el subsuelo del noreste del país —cuencas de Burgos, Sabinas y Tampico-Misantla— aguardan 545 billones de pies cúbicos de gas shale técnicamente recuperable.
La sexta reserva mundial, intacta, mientras México paga a Texas por el gas que produce con la misma técnica que aquí se prohíbe.

Artículo de Daniel Romo para La Jornada del Campo
El investigador Daniel Romo Rico, del Instituto Politécnico Nacional, contextualiza esa cifra: los recursos no convencionales representaban en 2021 el 63 por ciento del total prospectivo nacional, estimado en alrededor de 141.5 billones de pies cúbicos. Son, escribe Romo Rico, “una oportunidad que varias naciones anhelarían” para reducir la dependencia del exterior.
La misma formación geológica que alimenta Eagle Ford al otro lado de la frontera corre bajo la Cuenca de Burgos. En Ciudad Juárez se registran regularmente microsismos asociados a explosiones subterráneas de fracking ocurridas en Texas.
El impacto ambiental de extraer ese gas en suelo tamaulipeco o en suelo texano es, en términos físicos, el mismo. La diferencia es quién captura la renta.

Artículo de la senadora por Morena Olga Sosa para La Jornada del Campo
“La soberanía energética y la soberanía alimentaria están profundamente vinculadas. El campo mexicano depende de combustibles, electricidad, fertilizantes, sistemas de riego, transporte y maquinaria para mantener su productividad.”
Olga Patricia Sosa Ruíz, senadora presidenta de la Comisión de Agricultura.
El gas importado de Texas alimenta la planta de Cosoleacaque, en Veracruz, que produce los fertilizantes que llegan al maíz de Sinaloa. El 70 por ciento de los fertilizantes nitrogenados que México usa se compran en China, Rusia y Estados Unidos.

La futura refinería de amoniaco en Topolobampo y el gran juego de los nitrogenados sintéticos en México
La soberanía alimentaria y la soberanía energética son la misma trampa con distintos nombres.
Sosa Ruíz propone la creación de un comité científico permanente, con participación de universidades y centros de investigación nacionales, como condición para cualquier evaluación responsable de los recursos no convencionales.
Soberanía energética nominal versus real: los dilemas del fracking en México
El análisis del periodista e investigador Oriol Malló es, de todos los textos del suplemento, el más incómodo para ambos lados del debate. No porque proponga una posición ambigua, sino porque desmonta el lenguaje con que ambas orillas construyen su comodidad.

Artículo de Oriol Malló para La Jornada del Campo
El diagnóstico de Malló parte de la geopolítica y no de la geología. Desde el sabotaje del Nord Stream para cerrar la alternativa rusa a Europa, hasta la guerra contra Irán que disparó los costos de transporte y reactivó los temores sobre seguridad energética, pasando por el secuestro de Nicolás Maduro que culminó en la confiscación total de los activos petroleros venezolanos, Washington ha utilizado durante décadas los combustibles fósiles “como instrumento de disciplina regional”.
Para 2026, ese dominio se había extendido hasta controlar la mayoría de las reservas de hidrocarburos americanas, de Alberta al Orinoco.
México no es un espectador de esa lógica: es parte de su infraestructura. La terminal Amigo GNL en Guaymas y la terminal Saguaro Energía en Puerto Libertad, Sonora —ambas en territorio nacional— están diseñadas para exportar, entre 2028 y 2032, más de 22 millones de metros cúbicos de Gas Natural Licuado obtenido en la cuenca pérmica de Texas hacia mercados asiáticos.
El investigador Raúl Gabriel Benet precisa la paradoja: México
“está ampliando estructuralmente esa dependencia mediante nuevas centrales eléctricas, nuevos ductos y una matriz energética cada vez más gasificada”.
Mientras el gobierno debate si México debe extraer su propio gas, el territorio nacional ya se convierte en plataforma de exportación del gas sucio de Texas. No es un accidente: es el resultado de décadas de apuesta estatal que construyó el sistema eléctrico nacional sobre gas estadunidense, desde el TLCAN hasta el T-MEC.
Frente a eso, la decisión de explorar el fracking nacional podría parecer un acto de soberanía energética. Malló advierte que podría ser exactamente lo contrario.
En 2012, la expropiación de YPF se celebró con retórica nacionalista en Argentina, pero la ausencia de capacidades tecnológicas propias terminó en un acuerdo con Chevron que impuso condiciones leoninas para explotar Vaca Muerta.
El Estado argentino era operador formal; las decisiones las tomaban los gigantes del shale.
“Si el Estado mexicano se limita a ser operador formal mientras cede tecnología, capital y mando operativo a los gigantes de la revolución del shale, habremos cambiado una dependencia de mercado por una dependencia de segundo orden, más difícil de revertir porque vendrá envuelta en contratos de largo plazo y en arbitrajes privados que el T-MEC pone a disposición de las empresas texanas.”
La soberanía energética real no reside en que el recurso esté bajo suelo nacional: reside en la capacidad material de decidir, financiar, operar y capturar la renta para el bienestar colectivo.
Pemex parece no está en condiciones de garantizar eso. La empresa registró 2.500 millones de dólares en pérdidas netas en el primer trimestre de 2026. Acumuló más de diez mil derrames de hidrocarburos entre 1999 y 2017.
Quema y ventea gas que podría capturar. Moody’s bajó la calificación de la deuda soberana por apoyos directos —35.000 millones de dólares en 2025, 14.000 millones en 2026— sin mejoras operativas.

Un futuro campo de fractura hidráulica en el norte de México / Imagen: elaboración de Grok con información de Matria
Una empresa en ese estado no puede liderar una expansión de fracking sin depender profundamente de capital y tecnología extranjeros: reproduce el problema que pretende resolver.
La presidenta Claudia Sheinbaum encargó el análisis de viabilidad técnica y ambiental a un grupo interdisciplinario de académicos de la UNAM, la UAM, el IPN y otras instituciones.
Malló califica esa decisión de “timorata”:
“delegar en un comité técnico lo que es, ante todo, una decisión política de primer orden es una forma de eludir la arena pública que la propia Cuarta Transformación reivindicó siempre como su terreno de legitimidad.”
Lo que México necesita, insiste,
“no es menos debate sino más: foros abiertos con movimientos sociales y comunidades afectadas, eventos regionales, diálogos francos con organizaciones ambientalistas y con los críticos más incómodos”.
El gas como variable de tiempo en la transición energética
Susana Ivana Cazorla Espinosa, directora de SICEnergy, trabaja con números que pocas veces entran en el debate político. México consume 9.500 millones de pies cúbicos diarios de gas. Produce apenas 2.400.

Artículo de Susana Ivana Cazorla Espinosa para La Jornada del Campo
El déficit —7.000 millones de pies cúbicos al día— no se cierra con renovables en el corto plazo. Las energías solar y eólica son la dirección correcta y la única sustentable a largo plazo, pero la intermitencia del recurso exige inversión masiva en almacenamiento y transmisión.
Cazorla propone que Pemex reduzca la quema y las fugas de gas antes de hablar de nuevos proyectos; que el Estado aplique una política de eficiencia energética, construya almacenamiento en cavernas salinas o yacimientos agotados, y promueva mayor gobernanza.
La soberanía energética real, escribe,
“no se construye solo con más producción doméstica, sino reduciendo la vulnerabilidad energética mediante diversificación, eficiencia y reglas que protejan a la sociedad y al clima”.
Luca Ferrari y José Rafael Flores Hernández, del Instituto de Geociencias de la UNAM, recuerdan que el fracking no es técnica nueva en México: el proyecto Aceite Terciario del Golfo, operado por Pemex con Halliburton, Schlumberger, Baker Hughes y Weatherford durante los sexenios de Fox y Calderón, arrojó resultados decepcionantes por la baja productividad de los pozos y los altos costos.

Trabajo bien pagado y gasolinas más baratas: los supuestos futuristas de la fractura hidráulica en México / Imagen: texto de Kimi AI e imagen de Chat GPT
Para cubrir el 70 por ciento del consumo nacional de petróleo y el 50 por ciento del de gas harían falta unos 4.000 pozos de petróleo y 1.500 de gas en treinta años. Superar los niveles actuales exigiría hasta 15.000 pozos de petróleo y 5.000 de gas. México perforó alrededor de 34.000 en toda su historia.
Romo Rico añade la incertidumbre económica: el gas shale se ha cotizado por debajo de dos dólares por millón de Btu en períodos de abundancia. Bartra anota el dato que suele desaparecer: el retorno energético de los pozos convencionales es en promedio de 20 unidades por 1 invertida; en la fractura hidráulica cae a 5 por 1.
El petróleo de fracking solo recupera sus costos si el precio supera los 50 dólares por barril.
El lejano horizonte de la soberanía energética
Omar Masera Cerutti, del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, construye el argumento que el debate energético necesita como horizonte: toda la población de México podría disfrutar de servicios energéticos dignos con un 40 por ciento menos de consumo per cápita que el actual.
No mediante magia, sino mediante eficiencia, agroecología, generación distribuida, biomasa, solar térmica y cambio de modelo productivo. La biomasa —leña, pellets, astillas, briquetas, residuos de la industria alimentaria y forestal— ya cubre por sí sola el 10 por ciento de la demanda nacional de energía y tiene potencial para alcanzar el 25 o 30 por ciento.
Las medidas específicas que Masera propone abarcan la industria, el transporte, la agricultura y la vivienda. La transición que describe no es una lista de tecnologías: es un cambio de civilización. Benet lo resume:
“El problema ya no es técnico. Es principalmente político, financiero y de planeación estratégica.”
Si durante la pandemia del coronavirus, y sus encierros masivos, la actividad económica de México apenas bajó un 4 %, una caída del 40 % en el consumo energético solo podría producirse en caso de una contracción económica tan descomunal que paralizara por completo el país.
Cambio, o no, de civilización que ningún gobierno puede plantearse sin cometer suicido instantáneo.
La paradoja que el discurso ambientalista no puede ignorar
Los riesgos de la fractura hidráulica son reales y los documentan con rigor las voces más incómodas del suplemento. Omar Arellano-Aguilar, de la UNAM, sistematizó más de cien documentos científicos: los fluidos de fracturación contienen entre 20 y 924 sustancias químicas; el 75 por ciento presentan toxicidad aguda y crónica; el 25 por ciento se asocia a distintos tipos de cáncer; el 14 por ciento tiene efectos tóxicos sobre la reproducción.

Fracking en México: visiones encontradas / Imagen: elaboración de Gemini AI
Charlie Canek Punzo, de Fundar, señala que el marco regulatorio mexicano actual no puede garantizar el cumplimiento de ningún criterio de seguridad.
Antonio Hernández documentó que el pozo Nerita-1 operó sin autorización ambiental y que el permiso de la Cuenca de Burgos venció en septiembre de 2024.
Waldo Terry Carrillo advierte que el acuífero Allende Piedras Negras ya está en déficit hídrico declarado con un déficit de 19.444.394 metros cúbicos anuales. Rodolfo Bibiano Jiménez describe tres décadas de comunidades totonacas comprando agua en pipas.
Mauricio González González advierte sobre el racismo ambiental que caracteriza históricamente la extracción petrolera en territorios indígenas.
Las comunidades Náhuatl y Tének de la Huasteca Potosina, formalizadas en San José Pequetzen el 22 de marzo de 2026, piden que la iniciativa para prohibir el fracking se apruebe “en sus términos originales, sin matices tecnológicos”.
Sharon Wilson pregunta:
“Si fuera posible practicar el fracking de forma segura, ¿por qué hay tanta gente enferma en Estados Unidos y Canadá?“
Ninguno de esos argumentos es ornamental. Todos son condiciones que cualquier evaluación honesta del fracking en México debe enfrentar antes, no después de tomar la decisión.
Malló lo expresa sin concesiones:
“El problema nunca fue únicamente técnico: el desaseo de campos y refinerías de PEMEX, la ausencia de regulación y vigilancia ambiental, así como la lógica de la ganancia privada operando sin contrapesos entre el enjambre de subcontratistas dañaron la imagen del petróleo nacionalizado. Y el fracking no augura mejores soluciones.”
Bartra cierra con su dialéctica característica: ni “fracking sí” ni “fracking no” como respuesta única y definitiva.
Las múltiples acciones posibles que menciona —reducir y hacer más eficiente el consumo energético, aumentar el aporte de las energías renovables, captar el gas asociado en pozos convencionales— y “quizá algún ensayo de fracking suave… si es que lo hay”.
La impugnación central del editorial no es técnica: es de honestidad intelectual. Estudiar solo la lombriz no resuelve el problema del elefante.
Voces integradas en el texto: Bartra, Sosa Ruíz, Cazorla Espinosa, Romo Rico, Malló, Ferrari & Flores, Benet, Masera Cerutti, Arellano-Aguilar, Hernández, Wilson, Canek Punzo, Terry Carrillo, Bibiano Jiménez, González González, Cisneros Sánchez et al.
