Lo llaman revolución solar. En dos años, Pakistán instaló más paneles solares que toda su capacidad de carbón, gas y petróleo junta. Pero no es la mejor noticia, sino la huida individual en un país que renunció a su soberanía energética.
En junio de 2025, los techos de Pakistán acumulaban ya 38 gigavatios de capacidad solar distribuida —27 de ellos instalados en apenas dos años—, una cifra equivalente a toda la capacidad de generación con carbón, gas y petróleo construida en el país a lo largo de su historia, según el centro de análisis energético Ember.
La participación solar en la matriz eléctrica pasó de 2.9% en 2020 a 32.3% en 2025, de acuerdo con datos recogidos por Al Jazeera. Los hogares con paneles pasaron de 15% en 2023 a 25% en 2025.

La lectura fácil, la que celebran algunos organismos internacionales, es la de una “revolución verde desde abajo”. Los datos duros cuentan otra historia: la de un Estado que dejó de poder sostener su propio sistema eléctrico y de una población que respondió no con una transición planificada, sino con una huida individual hacia el autoabasto.
La revolución solar de Pakistan no se planeó en Islamabad, se construyó en las azoteas”, resume Rabia Babar, gerente de datos energéticos de la organización Renewables First, citada por Al Jazeera.
El colapso fiscal que nadie quiere nombrar
Pakistán ha acudido 23 veces al Fondo Monetario Internacional en 75 años de historia, un rescate cada tres años en promedio, según el recuento del diario Dawn — la misma cifra de 23 rescates que documenta el economista Taimur Rahman en su análisis Privatisation and Power, publicado por el Pakistan Institute of Development Economics (PIDE).
La deuda externa del país ronda, según las estimaciones del dossier, los 150 mil millones de dólares (cerca de 2 billones 587 mil millones de pesos mexicanos al tipo de cambio de septiembre de 2026) — casi la mitad de su Producto Interno Bruto anual —, de acuerdo con How the International Monetary Fund Is Squeezing Pakistan del Tricontinental: Institute for Social Research.
De ese endeudamiento estructural nace la crisis eléctrica. El sector energético concentra hoy una deuda circular (el mecanismo por el cual el Estado no puede pagar a los generadores lo que le cuesta producir electricidad) de 5 billones 206 mil millones de rupias, unos 324 mil millones de pesos mexicanos, cerca de 18 mil 800 millones de dólares, según un reporte del FMI citado por 24NewsHD el 15 de mayo de 2026: 3.4 billones de rupias (214 mil millones de pesos) corresponden al gas y 1.76 billones (110 mil millones de pesos) a la electricidad.
Nada de esto es reciente. Es la suma de tres décadas del mismo patrón: un Estado que no logra cobrar impuestos ni tarifas de manera eficaz, que convive con el robo sistemático de electricidad en amplias zonas del país y que financia el déficit resultante con deuda cada vez más cara.

El Fondo Monetario Internacional no vino a resolver ese patrón: lo profundizó. Sus condicionalidades, documentadas por Tricontinental, exigieron eliminar barreras comerciales, dejar que el mercado fije el tipo de cambio, recortar subsidios y privatizar empresas estatales, todo mientras las tasas de interés doméstico llegaban al 21 por ciento.
El resultado: en 2022, entre 8.4 y 9.1 millones de personas cayeron bajo la línea de pobreza, mientras la inflación superaba el 27%. El dossier lo resume sin rodeos: Pakistán “no es un caso extraordinario; simplemente ilustra la plantilla general del FMI” (Tricontinental).
La privatización que prometió soberanía energética y no resolvió nada
La respuesta oficial a la crisis fiscal, desde los años noventa, fue la misma que en tantos países del sur global: privatizar. La Política de Productores Independientes de Energía (IPP, por sus siglas en inglés), lanzada en 1994, atrajo 5 mil millones de dólares en inversión privada —unos 86 mil 200 millones de pesos mexicanos al tipo de cambio de septiembre de 2026— y sumó 4 mil 500 megavatios de capacidad, según Rahman.
Los contratos, indexados al dólar y con retornos garantizados por el Estado sin importar cuánta electricidad se consumiera realmente, trasladaron el riesgo financiero del capital privado al erario público.
“La rentabilidad sobre el capital propio (ROE) vinculada al dólar y garantizada a los productores independientes de energía (IPP) trasladó toda la carga del riesgo de inversión al Estado paquistaní“., resume el propio análisis del PIDE.
Entre 1991 y 2015, Pakistán ejecutó 172 transacciones de privatización que generaron 649 mil millones de rupias al Estado, unos 40 mil 400 millones de pesos mexicanos: una fracción de lo que ese mismo Estado tuvo que asumir después en pasivos garantizados. De las 85 empresas estatales comerciales que aún existen, solo diez generan el 90% de las pérdidas del sector público, y cinco de ellas son distribuidoras de electricidad.
La lección que Rahman extrae de tres décadas de privatización parcial no apunta a que falte “más mercado”. Apunta a que repetir la fórmula sobre las distribuidoras que aún son estatales sería, en sus palabras, “una receta para contraer contratos igualmente onerosos” (PIDE).
A México ese mismo esquema, también llamado Productor Independiente de Energía, no le resultó ajeno: le costó soberanía sobre buena parte de su matriz eléctrica. La reforma salinista de 1992 abrió la generación a privados bajo esta figura. Para 2010, la Comisión Federal de Electricidad ya arrastraba compromisos por 14 mil 944 millones de dólares, cerca de 258 mil millones de pesos mexicanos de hoy, con 22 productores privados.
Los contratos tenían una vigencia de 25 años y obligaban a CFE a pagar la capacidad instalada existiera o no la demanda para consumirla, más otros 5 mil 828 millones de dólares en penalizaciones si intentaba terminarlos antes de tiempo (La Jornada, 2011). Solo en 2010, CFE pagó mil 52.7 millones de dólares en cargos fijos de capacidad: dinero entregado a privados sin relación directa con la electricidad efectivamente consumida.
Una década después, directivos de la propia CFE calcularon ante la Cámara de Diputados que el “daño a la nación” por ese esquema alcanzaba 412 mil millones de pesos. El desglose: 249 mil 600 millones en subsidios directos a los PIE, de los cuales 56 mil 175 millones fueron solo para el parque eólico La Venta de Iberdrola, en Oaxaca; hasta 16 mil millones de pesos anuales pagados por capacidad sin electricidad entregada, y hasta 135 mil millones más por la mayor dependencia de combustibles caros (El Mañana, 2021).

Iberdrola, la multinacional española que se fue de México porque el Estado ya no se puso a su servicio / Imagen: cortesia de Iberdrola
Es, casi número por número, la misma arquitectura contractual que Rahman describe para Pakistán: riesgo de mercado en el Estado, retorno garantizado para el privado.
Por eso el gobierno de Andrés Manuel López Obador revirtió el rumbo y Claudia Sheinbaum se mantuvo en lo mismo. Su plan energético para 2026 fija que CFE genere el 54% de la electricidad del país frente al 46% privado, con una primera fase de 6 mil megawatts, incluido el complejo solar de Puerto Peñasco, financiada con 4 mil 328 millones de dólares de inversión pública (gob.mx, 2025).
La diferencia con Pakistán no está en la tecnología: está en que México decidió, por política de Estado, no dejar la soberanía energética al “sálvese quien pueda” del mercado privado ni a la huida individual hacia el techo de cada quien.
La huida solar: net metering para quien puede pagar, subsistencia salvaje para quien no
Sobre ese terreno erosionado, con un Estado sin caja, una red eléctrica cara y en pérdidas y una privatización que no bajó las tarifas, creció el boom solar. Ahí aparece la contradicción central de esta historia. El precio de los sistemas solares domésticos se desplomó en la última década: solo entre 2023 y 2025, un sistema de entre 5 y 15 kilovatios llegó a bajar hasta 150 mil rupias, unos 9 mil 300 pesos mexicanos, según ProPakistani, mientras las importaciones acumuladas desde China pasaron de menos de un gigavatio en 2018 a 47 gigavatios en junio de 2025 (Ember).

Una instalación doméstica de 3 kilovatios cuesta hoy alrededor de 450 mil rupias, 1,610 dólares, cerca de 28 mil pesos mexicanos: una suma inalcanzable para la mayoría, pero que para quien puede pagarla amortiza años de facturas (Al Jazeera).
El mecanismo que hizo atractiva esa inversión es el net metering: permite a quien tiene paneles vender a la red su excedente al mismo precio que paga por consumirla, y ya generó más de 280 mil usuarios registrados. Pero ese subsidio cruzado tiene un costo, y alguien lo paga.
Los usuarios sin paneles cargan con 159 mil millones de rupias, 570 millones de dólares, cerca de 9 mil 900 millones de pesos mexicanos, del costo fijo de mantener una red que cada vez sirve a menos gente. El Ministerio de Energía calculó en esa misma cifra, y otros analistas en 1.5 billones de rupias anuales (unos 93 mil 400 millones de pesos mexicanos), el costo fijo de la capacidad de generación que el país sigue pagando exista o no la demanda para consumirla: una “espiral de la muerte” de los servicios públicos, en la que la fuga de los hogares con más recursos hacia la autogeneración deja a los más pobres sosteniendo una infraestructura cada vez más cara per cápita.

El gobierno, endeudado y viendo caer sus ventas de electricidad 2.8% interanual, ya respondió. Impuso un arancel del 10% a los paneles importados y propuso recortar la tarifa que paga por el excedente solar de los hogares, pasar de net metering a net billing (Malay Mail).
“Los paneles solares hacen la vída más fácil, pero es una decisión difícil”,
dice Fareeda Saleem, residente de Karachi, que instaló su sistema con un costo de 180 mil rupias, unos 11 mil 200 pesos mexicanos. Hammad Noor, fabricante en Sialkot, ahorra un millón de rupias mensuales (62 mil 300 pesos mexicanos) desde que se pasó a solar en 2023: para él fue, simplemente, “la mejor decisión de negocios” que ha tomado (Malay Mail).
Ahí el boom solar deja de ser una linda historia de energía limpia. La energía solar no es el problema. El problema es que, sin planificación estatal ni tarifas diseñadas con justicia distributiva, la transición reproduce la misma lógica de la crisis que dice resolver: quien tiene capital se protege, quien no, subsidia al que sí. No es soberanía energética: es protección de clase disfrazada de innovación.
Guerra, apagón y la fuga como forma de subsistencia
El detonante inmediato de 2026 tiene nombre: el conflicto en Medio Oriente. El 80% de las importaciones petroleras de Pakistán y el 99% de su gas natural licuado dependen del tránsito por el Estrecho de Ormuz y del suministro de Catar y Emiratos Árabes Unidos (Al Jazeera).

Apagón habitual en la ciudad deRawalpindi, Pakistán. La foto es del 2021, pero sigue pasando en 2026 / Imagen: cortesia de AlJazeera
Cuando la guerra elevó el precio del crudo hasta 126 dólares por barril (2,173 pesos mexicanos), la factura semanal de importación de petróleo de Pakistán subió entre 300 y 800 millones de dólares, de 5 mil 200 a 13 mil 800 millones de pesos mexicanos cada semana, y los precios de combustible se dispararon 55% en dos meses, según Business Recorder.
“La guerra en el Golfo Pérsico no ha creado estas vulnerabilidades sino que las ha expuesto”,
sintetiza el mismo análisis. Ahí está el punto: el choque bélico no inventó la fragilidad energética pakistaní, solo la hizo visible para el resto del mundo. Los más de 51 gigavatios de capacidad solar ya instalados para inicios de 2026 (Al Jazeera) funcionaron como amortiguador parcial.
Sin ellos, el apagón habría sido más profundo y el golpe económico, mayor. Pero el parche funciona en el día. Una inmensa mayoría de los consumidores de solar no tiene baterías de almacenamiento para resitir hasta la noche, razón por la cual la oscuridad absoluta es la norma en las noches.

Un amortiguador, sin embargo, no es una política energética. Sirve para sobrevivir el choque, no para prevenir el siguiente. Ahí radica la advertencia que atraviesa todo lo documentado en esta investigación: sin almacenamiento colectivo y eficiente, baterías a escala de red, no solo paneles en cada techo, la solarización de un país en crisis no es liberación de las redes centralizadas.
Es cada quien resolviendo su propia subsistencia mientras lo público se erosiona un poco más con cada apagón.
Las manos que instalan la “revolución”: trabajo informal bajo el sol que se quiere vender como salvación
Detrás de cada panel instalado hay, casi siempre, un trabajador sin contrato, sin seguro y sin equipo de protección. El sector solar pakistaní ha creado 300 mil empleos directos y 200 mil indirectos entre 2017 y 2025 (Dialogue Earth), casi todos en la economía informal: instaladores, limpiadores de paneles y técnicos que trabajan bajo temperaturas donde una quemadura solar puede producirse en apenas 10 minutos de exposición.

El nuevo proletariado de las renovables: sin contrato, sin protección, sin futuro / Imagen: ChatGPT
“Fue una de las peores experiencias. Sentí que me desmayaría”, relata Abdul Rehman, limpiador de paneles de 33 años, sobre una jornada bajo el sol directo de mediodía. “Carecen de derechos y perciben salarios miserables”, resume Farooq Tariq, abogado de derechos humanos. Zehra Khan, sindicalista, es más tajante:
“No hay leyes formales para la protección de los trabajadores de energía solar”.
Según cifras de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo citadas en el mismo reportaje, una de cada tres muertes por cáncer de piel no melanoma en el mundo está asociada al trabajo prolongado bajo el sol. “La exposición prolongada a radiación ultravioleta es causa bien establecida de cáncer de piel”, confirma la oncóloga Maryum Nouman; “la muerte sigue siendo una posibilidad real”, añade la médica Asiya Shahab.
Ninguna transición hacia la soberanía energética es progresista por definición. Lo es solo si transforma también las condiciones de quienes la construyen con sus manos, y en Pakistán, por ahora, la respuesta a esa pregunta es no.
El sol que brilla no reemplaza la soberanía energética que falta
“El sol que brilla en nuestra tierra es nuestro”, dice una de las voces recogidas por Business Recorder al describir el momento solar de Pakistán. Es una frase hermosa. También es una trampa retórica, porque sugiere que la energía que cae gratis del cielo puede sustituir la planificación pública que el Estado dejó de ofrecer.
No puede: el sol no negocia contratos con productores privados, no cobra impuestos, no construye baterías, no protege a un limpiador de paneles del golpe de calor y no decide cómo se reparte el costo de una red que, paneles o no, sigue siendo necesaria para todo lo que no puede depender de que haya luz solar en ese momento.
Lo que Pakistán exhibe en 2026, documentado fuente tras fuente, no es una revolución energética limpia. Es la administración de una crisis permanente por otros medios. El mismo Business Recorder que reportó el momento solar del país coincide en el único punto que de verdad importa hacia adelante:
“La inversión urgente en almacenamiento de energía en baterías es la inversión más importante”, dicen, y puede ser un primer paso para convertir la huida individual en parte de la planificación energética real y colectiva en un sistema eléctrico nacional que pueda sostenerse para todos cuando la próxima crisis, geopolítica o fiscal, vuelva a golpear.
Esa es la lección que este caso ofrece más allá de Pakistán. Cuando el Estado se retira, por endeudamiento, por privatización fallida, por la incapacidad de cobrar lo que le corresponde, la energía solar individual no llena ese vacío de soberanía energética. Lo camufla.
Mientras no haya almacenamiento colectivo que sostenga la transición como un proyecto público, cada apagón seguirá teniendo la misma respuesta: sálvese quien pueda, panel por panel, techo por techo.